Arañazos (2009)

Publicado en sangriafrancesa el Octubre 18, 2009 por sangriafrancesa

Gladys amaneció llena de arañazos. Nadie ha ido a visitarla, a ver si sigue viva.

© Miguel Pérez Díaz

Las tripas de la perrita de Mayra (2009)

Publicado en sangriafrancesa el Octubre 8, 2009 por sangriafrancesa

En realidad Gladys tenía la sangre trastocada por culpa de su reciente separación con su última novia. Gladys no soportaba la reciente reconstrucción personal de Mayra. Gladys arrancó las tripas de la perrita de Mayra de un único volantazo, sin pensarlo. Es el motivo real del desquicie de Gladys, que ahora ya no descansará hasta ver en los ojos de Juan la misma lágrima que brilla colgando del ojo izquierdo de Mayra la muerte de la perrita de Mayra brillando ahora en la mirada satisfecha de Gladys que desconoce por completo qué significado retiene como una enfermedad incurable la mirada enloquecida de Juan intentando colarse entre los pechos de Gladys a la misma hora todas las mañanas en la parada de la plaza de Puntagorda. Juan sentía por dentro un pellizco, un asco mezclado con tal cantidad de placer que era prácticamente imposible no pasarlo bien. Gladys gastaba las horas del día untando en su cuerpo cremas y más cremas, preparando el acontecimiento. A Juan se le escapaban los días pensando en Gladys…

© Miguel Pérez Díaz

Puntagorda (2009)

Publicado en sangriafrancesa el Septiembre 20, 2009 por sangriafrancesa

Gladys disfrutaba con los golpes de viento, los que le provocaban la velocidad de la sangre en sus arterias y el refresco suave y repentino con el vuelo de su falda por la mañana. La sonrisa de Gladys en la parada del autobús la delataba. Gladys disfrutaba viendo cómo su vecino se enloquecía al recibir de golpe el fotograma de su entrepierna tan fresca al amanecer. Era entonces cuando su vecino huía por la avenida esperando no volver a ver semejante escena. Pero todas las mañanas ocurría. Por azar, por provocación, por coincidencia, por Dios sabe qué, todas las mañanas en la plaza de Puntagorda Gladys dejaba ver un fotograma de su entrepierna desnuda recién rasurada a su joven vecino jubilado en la parada del autobús. Juan era guardia civil, pero su esquizofrenia lo delató en el cuerpo y lo cesaron para siempre y se compró una casa en Puntagorda para vivir lejos del mundanal ruido, con el único acompañamiento del canto de los pájaros en el día y el de los grillos en la noche. Su esquizofrenia lo delató ante el cuerpo como quizá la sonrisa de Gladys en el suyo, o como quizá los ojos brillando de Gladys clavados en las pupilas esquizofrénicas del joven Juan mientras crecen los pechos de Gladys y se clavan en la camiseta a falta de la joven espalda de Juan adonde quizá quisiera Gladys que llegaran sus pezones, alcanzar la ansiada espalda de Juan hasta atravesar la piel de Juan con la suya y dejar que la sangre manche la espalda de Juan y manche así también la camiseta de Gladys, y así sus pezones manchados con la sangre de Juan los uniera para siempre, que decidido a arrancar de cuajo esta casualidad de su rutina diaria prepara un siniestro acontecimiento, pero no por ello escaso de sutiles matices…

© Miguel Pérez Díaz

Vínculo (2009)

Publicado en sangriafrancesa el Julio 19, 2009 por sangriafrancesa

Me parece bien,
pero yo entonces mejor me aparto,
no quiero que me salpique ninguna estrella…

© Miguel Pérez Díaz

Infinitas mentiras (2009)

Publicado en sangriafrancesa el Julio 12, 2009 por sangriafrancesa

Después de tanto tiempo me di cuenta que toda esa rara nostalgia la habíamos inventado. Todos echábamos de menos y eso era lo único cierto. Lo demás no estaba del todo claro, el quién o quiénes, el qué, no era lo más importante. Al llegar comprobamos la misma desesperación humana que existía en todas partes que cada vez más crece, el calor del excesivo frío, los olores desagradables de tanta colonia y las risas acartonadas sobre tu cabeza por la desilusión mezclada con la desgana existencial. El movimiento de las nubes, el fuerte olor a perfumes caros comprados en tiendas baratas colándose sin permiso y acomodándose en las texturas de tu alma, los vestidos baratos comprados en tiendas caras, sencillos, y el exceso de acomodarse a un determinado modo de existencia por miedo a cruzar el significado de las palabras, por miedo a atravesar aquello que damos por supuesto y que realmente no es más que otra de las infinitas mentiras que han conformado nuestra estúpida existencia para facilitar nuestro uso. Ahora echamos de menos, otra vez, como siempre, qué ilusos. Lo que no está claro, como siempre, a qué o a quién.

© Miguel Pérez Díaz

La paz de los domingos (2009)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2009 por sangriafrancesa

Almudena tragaba saliva sin saber demasiado bien qué hacer con la flor que cortó Laura del jardín del vecino para obsequiarla. Patricia
quedó descompuesta. Lanzarote le removió por dentro con la misma
fuerza con la que los vientos alisios descomponen el paisaje una y otra vez. Patricia no termina de acostumbrarse a la presencia de Laura. Almudena intenta compartirse, pero Laura y Patricia hablan distintos idiomas y es imposible que la comunicación fluya como desearía Almudena. Los bares han cerrado y Patricia quiere emborracharse. Almudena llama a un taxi y suben las tres para acabar la noche en casa de Almudena donde todavía quedan cervezas. La tensión entre Laura y Patricia crece y Almudena disimula clavando la mirada en el ordenador donde copia los discos que ha comprado Patricia con los euros que le han sobrado. Laura toca el piano. Almudena se emociona pero no lo hace notar. Laura se cansa de hacer piruetas y después de dos horas interpretando nocturnos de Chopin se va a la cama. Almudena se desnuda y abraza a Patricia y hacen el amor sobre el piano de Laura. Suena el despertador y Almudena acompaña a Patricia al aeropuerto donde se comen las bocas por última vez. Almudena regresa a su casa con su paisaje interior revuelto nuevamente. Mientras suena el café pone la flor en agua. Le han arrancado la libertad, y es tan doloroso que la felicidad que comparte con Laura será como una música de Satie, que nunca se sabe bien qué dichoso misterio esconde dentro.

© Miguel Pérez Díaz

Escupiendo espumas (2009)

Publicado en sangriafrancesa el Mayo 19, 2009 por sangriafrancesa

Cristina tenía un ligero brillo en los ojos bastante alucinado. No acertaba ni aceptaba exactamente nada y esto provocaba en ella una inexactitud e inestabilidad vital que le proporcionaba cierto entusiasmo. Los días pasaban rápidos y se acercaba el final, y Cristina seguía sin determinar sus ensayos, que siempre empezarían de una manera y terminarían de otra totalmente distinta. Procuraba atormentar a todos sus músicos con discursos despacios que tranquilizaran o que aparentemente quisieran conseguir este objetivo aburrido, pero tanto espacio entre palabra y palabra conseguían otros discursos no verbales que hacían relamer de entusiasmo a todas aquellas jóvenes promesas que trabajaban en aquella ocasión con Cristina, justo el objetivo real de Cristina. Parecía terminar el encuentro y María se atrevió a pedirle a Cristina que la acercara a casa, que no se encontraba demasiado bien como para volver sola con tanta música dentro. Curiosamente Cristina estaba deseando invitar a cenar a María desde los primeros momentos en que sus miradas se cruzaron en los primeros intentos de ensayo, y aprovechó esta ocasión inmejorable para conocer aún mejor los sus desvelos. María acabó con su novio la noche anterior, lo descuartizó literalmente y tiró sus trocitos al río más cercano. María se sentía preocupada por éste su terrible impulso. Los celos de María pudieron en esta ocasión con sus pasiones y no dejaron explicar a su novio los motivos reales por los que se acostaba todas las noches con la inaccesible Cristina que sin poder dejar de terminar a María de contar la su historia real, la comió a besos con los ojos llenos de lágrimas todavía sin abrir la botella de oporto que Cristina siempre reserva para sus músicas y ocasiones especiales como ésta. La escena colma de emoción y amor a María sin saber muy bien por qué sin enterarse muy bien de qué, y decide arrancar la poca ropa que lleva Cristina y hacerle el amor sin explicación lógica muy lentamente. Amanece y mezcladas de sangre, se comen las bocas por última vez a la luz del día y deciden entregarse, llenas de música, entregadas al estreno absoluto de sus encantos, a la realidad estúpida que se había trazado a su alrededor sin demasiado orden, como improvisadamente, con música de fondo de un puñado de niños prodigio que acabarían en cualquier siquiátrico al conocer lo sucedido, aporreando pianos, escupiendo espumas…

© Miguel Pérez Díaz

Los globos (2009)

Publicado en sangriafrancesa el Mayo 12, 2009 por sangriafrancesa

Obsesionada con romperlo todo
acudía a las fiestas siempre de negro
con la única intención inocente
de romper los globos
con la última chispa azul de sus cigarrillos
quizá anunciando una estela silenciosa
de cómo los seres humanos
podían ser tan absurdos
y arruinar su bienestar temporal en una fiesta
por culpa de la explosión de
objetos de goma rellenos de aire
tan triviales como divinos
depende del momento, ya se sabe, la apariencia.

© Miguel Pérez Díaz

Isla de lobos (2009)

Publicado en sangriafrancesa el Mayo 11, 2009 por sangriafrancesa

Librada tenía muchas formas de ver las cosas
y nunca las veía del mismo modo.
Estaba tan viva
como el agua
que choca contra las rocas
que nunca choca
del mismo modo
pero que
siempre se estrella.
Unas veces más fuerte,
otras más débil,
pero siempre abrazando
sin la suficiente fuerza
como para arrancar del tiempo
aquella isla perdida
en la inmensidad del mar…

© Miguel Pérez Díaz

Brenda (2009)

Publicado en sangriafrancesa el Abril 7, 2009 por sangriafrancesa

Las pecas de Brenda
eran pequeñas primaveras.
Brenda decidió guardar las nubes en el bolsillo del culo.

© Miguel Pérez Díaz

Tres poemas azules (2008)

Publicado en sangriafrancesa el Noviembre 1, 2008 por sangriafrancesa

TODO ESTO QUE VUELA

Que mi corazón
quisiera salir
de mi pecho
enloquecido
en busca de la su lengua,
cruzar de todos los océanos uno
para morder la su boca roja
una y otra vez,
para morderle el alma sin permiso
para morder mi alma sin orden
mezclarnos como en un juego de cartas
para de la su mirada serena
provocar el brillo de mis ojos
que ya delata
todo esto que fluye
todo esto que vuela
por mis venas
estos sonidos de piano de mi alma
con los que te estoy haciendo
un vestido nuevo
muy corto,
pero muy sincero.

OCÉANO IMPROVISADO

Crecerá la música
como un océano improvisado
como en el centro del centro
la silueta de un misterio
ilumina tu mirada cada noche
dejándose caer por tus pechos
dejándose suicidar desde un piano
que encuentra ya las palabras
que en mi boca se convierten
en besos al contacto con la tuya.

EN NINGÚN IDIOMA

Bajaba mi lengua
desde tu boca
atravesándolo todo
sin permiso,
el entusiasmo
de tus piernas gritando,
el latido de tu llanto en silencio,
entre tus pechos mi boca
creciendo cada vez más
cuajando ese momento
que ya no cabe
-y no por falta de espacio-
en ningún idioma
más que en el nuestro.

© Miguel Pérez Díaz

Cuatro estaciones (2008)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

UN TROZO DE IRENE

Un trozo de Irene
había salido
despedido de mi boca.
La tormenta
me había roto dos costillas
y ya no quedaban botellas.
Seguí escupiendo trozos azules de Irene
que expulsaba mi boca sin cesar
-Mompou sonaba en el tocadiscos-
hasta que quedó compuesta
de nuevo
fuera de mí,
tan deshecho
que no lo olvidé
en una semana.

GUILLERMINA COMÍA ACEITUNAS

Me lavaba los dientes
y pensaba en la graciosa forma
en que Guillermina comía aceitunas,
ese desorden aprobado
mientras ingeríamos números nueve.
Y reíamos
en cualquier idioma.
A Guillermina también
le gustaba el mate.
Caí al suelo
y un hilo de sangre
que salía de mi boca
ahogó a una cucaracha
y cualquier recuerdo de Guillermina.

DISFRAZADA DE METÁFORAS

Lo había gastado todo
y ni el perro volvería
al amanecer.
Safrika se puso sus bragas azules,
pero tampoco la vecina cantaría para ella
ni su hermana le metería mano
mientras le clava sus ojos
los sábados por la mañana
que rompían juntas
disfrutando de sus primeras humedades
la una de la otra
mientras mamá prepara café
antes de gastar dinero.
Ya no volvería a ser como antes,
como cuando la primavera
regresaba a destiempo
disfrazada de metáforas
una y otra vez
en tu entrepierna.

MIENTRAS SONIA ESPERABA

Me gustaba escuchar
el suicidio del agua
desordenadamente eterna
mientras Sonia esperaba
a la banda municipal.
Entonces
los pezones de Sonia
crecían lentamente
deseosos de sentir de nuevo un pasodoble.
Para mí no había música más maravillosa
que ese amanecer en la plaza del pueblo
mientras a Sonia le crecían
los pechos bajo el uniforme,
clarinete en mano,
sentada en la fuente.

© Miguel Pérez Díaz

La primavera eterna de Arantxa (2008)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Arantxa no paraba de matar momentos con su cámara fotográfica. Guardaba en su ordenador la vida como si de una mariposa se tratase en su belleza tras el cristal del objetivo, tras el cristal del tarro de mermelada de la mariposa que ahogada para siempre en su única primavera. Arantxa –como la mariposa de la primavera eterna, del tarro de mermelada- tenía el pelo corto y muy negro. Delgadísima y con unas palabras casi tan afiladas como su mirada, siempre crecían aún más sus enormes pechos en el primer encuentro, invitando a matar el tiempo, y también, por qué no, a imaginar barbaridades en el centro de esa criatura que la naturaleza había dado vida, la misma que ahora buscaba obsesionada que alguien la matase de una vez. Siempre llevaba un libro Arantxa. Leía mucho cierto, pero lo más importante, dotar de una apariencia informada a todo aquel que se colara en su objetivo, el singular sentido del valor de la belleza de Arantxa. Se apagaron las luces y comenzó el concierto. Las primeras caricias en la amplificación de mi guitarra comienzan a sembrar la magia en el pequeño local, y Arantxa no puede evitar empezar a llenarlo todo de segundos azules, en su desesperado intento de convertir en eterno esos momentos ya jamás irrepetibles. Se estaba mojando. No podía dejar de pensar en el volumen del pecho de Arantxa, y ese motivo empujó a mi vanidad para darle fuerte a la guitarra, y en consecuencia, darle fuerte a todas las almas allí presentes, deseosas de que alguien les meta mano bien dentro, que alguien juguetee con sus entrañas y sus sentimientos por unos minutos de una vez por todas, hasta el fondo, como en la feria. Arantxa disfrutaba mucho de este vértigo invisible, y fumaba nerviosa entre la pasión y la desesperación que desataba su pensamiento, que no se decidía a disfrutar simplemente. Arantxa siempre quería más, y nunca era suficiente. Esas fotos serían prolongación de aquella noche, pero jamás serían aquella noche, a pesar de su desesperado intento por cazar mariposas que ya nunca serían mariposas, como ella soñaba siempre, ahogada en su primavera eterna.

© Miguel Pérez Díaz

La desorientada existencia de Tula (2008)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Tula estaba liada. Aterrizó en Puerto Rico para desconectarse absolutamente y aún así seguía sin encontrar el sentido de su existencia. Tula era abogada pero estaba en paro y se ganaba la vida escribiendo informes al gobierno por un sueldo que le permitía la existencia compartida con dos amigas más en un estudio y poco más. Tula era una rubia resultona y simpática de esas que nunca pasan desapercibidas y sus dos amigas lo sabían bien. Sus dos amigas lo sabían de sobra porque en las fiestas Tula se descolgaba de ese enlace que las unía para unirse a otros elementos mucho más atractivos para la desorientada existencia de Tula. No podía evitar esa atracción que despertaba en todos, en todas, y Tula paseaba con esmero sus lindos ojillos confusos detrás de la cortina de humo del tabaco francés que fumaba Tula, que siempre fumaba tabaco francés a pesar de todo. Tula ríe un chiste fácil de una de sus compañeras de piso y aterriza en la mirada de Tula la mirada de Miguel, que no titubea en absoluto ni deja desvanecerse ante los encantos de Tula, que derretida por el suelo le pide un cigarro. Miguel le dice que sólo tiene el que sostienen sus labios, mientras coloca el cigarrillo en los labios de Tula. Tula despeinada de nerviosismo da una calada y vuelve a colocarlo en los labios de Miguel lentamente, aprovechando el gesto de coherencia y formalismo para acariciar con sus dedos los aterciopelados labios de Miguel. Miguel comprende el divertido juego de Tula y aprovecha el gesto para devolvérselo y probar los suaves labios de Tula, que ya no puede más y comienza a lamer suavemente la cara oculta de los dedos de Miguel. Tula estaba muy contenta y excitada con su nuevo juego. Miguel también, así que deciden mezclarse con la gente y encontrarse en los servicios cara a cara, sin cigarrillos de por medio ni cortinas de humo que puedan distraer la reacción sexual de ambos. Tula cierra el pestillo del servicio de caballeros y comienza a emborronar a besos a Miguel, que le saca las tetas de su camisa blanca y se las come con la avaricia del tiempo que se escapa. Se penetran el uno al otro y cuando ya están bien desbaratados, deshechos de tanto amor en tan poquito tiempo, salen con cierto éxtasis en sus miradas que los delata cara a los pocos que todavía quedan en la fiesta. Las dos amigas de Tula ya se han marchado. Miguel invita a Tula a su casa pero Tula no se fía y vuelve a casa por navidad. Ya en Málaga Tula acaba de tener una hija de Miguel que va a llamar Libertad como otras veces, que por supuesto -como en otras ocasiones- ha devorado después de comprender, como otras veces, que prefiere seguir devorando antes que ser devorada.

© Miguel Pérez Díaz

Rebeca (2007)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Rebeca se termina la sopa todos los días a pesar del asco que le da. El caldo está terminado con tanto gusto que a Rebeca le produce ansia ese caliente tan buen sabor de boca que le deja la sopa que prepara la cocinera con tanto gusto. La madre de Rebeca no consiente que Rebeca no se acabe la sopa. Si Rebeca quiere ver a Mario debe acabarse la sopa entera. Ahora Rebeca se peina el pelo, se polvoriza de perfume barato las tetas, y se sube sin casco a la moto en busca de Mario, que ya ha terminado en la gasolinera su jornada laboral. Mario sube detrás -feliz como siempre- y comienza a meterle mano por debajo de la camisa a Rebeca. Mario comienza a desabrochar, a magrear a Rebeca sin compasión, que ríe mientras siente cómo se cuelan las delgadas manos frías de Mario para coger sus calientes pechos en movimiento, cómo se cuela Mario en su alma. Ya en mitad del campo -escondidos bajo los árboles- Rebeca comienza a quitarle la ropa a Mario con la boca, se sube encima para follarlo sin parar de reír -húmeda hasta las rodillas- y Mario comienza a enloquecer, mientras Rebeca no para de hacerle el amor, morderle la oreja, y lubricarle todo el cuerpo con la su boca. Mario está mareado del ensueño, y el placer comienza a tornarse a dolor sin un orden en la intensidad, que Rebeca astuta queda con un trozo de la oreja de Mario en la boca, mientras ríe fuertemente con la barbilla manchada de la sangre de Mario que grita desconsolado. Mientras resuenan los ecos mezclados de las risas y los gritos, el cielo se oscurece, y Rebeca ata el cuerpo desnudo de Mario a un árbol y recoge su ropa sonriendo en el silencio de las cada vez más suaves quejas de Mario. El cielo ya se ha puesto rojo, hace frío y anochece profundamente, tras la estela del rugido de la moto de Rebeca que -con el casco de Mario puesto- corre a casa a cenar con mamá.

© Miguel Pérez Díaz

Un paseo alrededor de la mesa de billar (2007)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Me contaba cómo llegaba a media noche y se sentaba en el salón a leer un libro. Discutían y follaban, y viceversa. Bebían whisky de ese que tanto le gusta y seguían leyendo, follando, y bebiendo hasta la claridad del día. Otras veces me mandaba volúmenes de la historia del jazz por correo, y me castigaba con sus falsos embarazos y sus enormes discusiones sin sentido. A ella no terminaba de gustarle el caprichoso comportamiento de Joaquín pero le encantaba que la abofetearan mientras le hacían el amor, y eso Joaquín lo hacía muy bien. También le dedicó alguna canción en el último disco, pero eso sólo lo saben ellos, y ahora yo. Después viajó a México y desapareció. Volvió cambiada, con enormes y extraños deseos en sus palabras, con otro disco dedicado, pero sus palabras ya no eran las mismas, ni esos deseos tan suaves los que yo conocía, como cuando me escribió por primera vez para que escuchara su primera canción mientras me avisaba que ojito con plagiarla, que ya estaba registrada, como cuando nos vimos en Valencia y dibujamos un paseo alrededor de la mesa de billar…

© Miguel Pérez Díaz

Nano ya no podía más (2007)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Efectivamente Nano ya estaba hasta las pelotas. El mundo entero se había dado cuenta que Nano ya no podía más y tampoco prefería seguir. Nano lo único que quería era colgar de la entrepierna de Ana, esa fresca apertura que dejaba Ana tan suciamente abierta cada vez que íbamos a patinar. Nano estuvo fingiendo como un gran poeta que es que la perdición en sus rutinarios días de invierno era la entrepierna de Ana, la vecina del quinto. Todos los vecinos y vecinas sabían de su absoluto deseo por follar a Ana del modo más sucio que se pueda imaginar, pero Nano se entretenía constantemente en destruir cualquier atisbo de realidad con estos pensamientos del vecindario, tan reales y tan incómodos para Nano. Nano trabajaba en la cafetería que había después del quiosco, donde la madre de Ana vendía periódicos y chucherías. Fue una vez que se acercó Nano a por un paquete de cigarrillos que escuchó a la vecina comentar con otra que Ana solía ir a patinar a la bolera, que en el pueblo quedó en segundo lugar el año pasado. De este modo solían encontrarse en la bolera Ana y Nano, a Nano le gustaba esta casualidad pretendida. Ana patinando era realmente sucia, y a Nano le excitaba esa particular forma de abrirse de piernas de Ana, ese lenguaje en el silencio del continuo rechistar del hielo, esa conversación en silencio que destilaban las miradas de Ana con Nano. Ana no era del todo esa sensación de belleza que a Nano le hace enloquecer, pero no estaba mal para el invierno, hacía frío y en ese momento Ana era todo siempre. Nano pide un batido para Ana, que contenta le regala un beso mientras se le dilatan las pupilas. Nano está un poco harto ya de estos regalos breves que Ana le procura cada vez que le apetece o cada vez que quiere algo de Nano sin decírselo. Esta vez no eran ninguna de estas dos intenciones, era en agradecimiento por el batido de chocolate sin más, por lo que Nano agarra furioso de la mano a Ana que no comprende nada, la encierra en los servicios de la bolera y le hace el amor, mientras Ana se pone perdida de helado y gemidos y Nano no para de limpiarle el chocolate, mientras le come las tetas sin compasión, mientras Ana en mitad de un gemido eterno experimentando las nuevas sensaciones en su entrepierna, en los servicios de la bolera, donde entrenaba cada tarde para la competición local.

© Miguel Pérez Díaz

Nines mirando el azucarero (2007)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

No contenta con la mermelada
volcó el azucarero.
La sangre de las fresas
chorreaba por
toda la su boca llena de lágrimas
ansiosa de placer
mientras marcaba sobre la mesa
un dibujo con los restos de tabaco
del último con Mario.
Hervía su cuerpo diabético
del recuerdo deshecho
ya sin sacarinas
ya sin ganas de nada
que de hasta romper en líquidos
de la su lengua
comenzaba y comenzaba
a sudar nerviosa
del amor de Nines
que mira por la ventana
cómo gritan los niños
cómo se clavan los cuchillos
de cómo la joven del quinto
-mientras las lágrimas rompiendo el azúcar-
haciéndole el amor a su novio en las escaleras
de cómo gritan y lloran a la vez sobre el mp3
de cómo ríen y se dan patadas
de un modo tan diminuto
tan apasionado…

© Miguel Pérez Díaz

The End (2007)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Nuria intentaba ser Mónica Naranjo porque nunca tuvo personalidad, los padres de Nuria se la arrancaron de cuajo cuando aún era una niña y la guardaron en un tarro para siempre. Aquella noche Nuria estaba gorda de alegría como casi todas las noches. Nuria infló con tanta emoción los estribillos que los explotó hasta llenar de pringues todo el karaoke. Todos quedamos con la cara de idiota que se nos queda después de oir a Nuria, después de aquellas impostaciones postizas cubiertas de gruesos chorreones de emoción. Nuría bajaba deprisa de la especie de escenario con el romanticismo que se le salía -de tan vivo- por la boca, colgando, mientras se dejaba asomar toda una trayectoria inútil por los lindos ojillos de esta Nuria cada vez más decidida a dedicarse a la cosa lírica. Entre los tartamudeos de nerviosismo descifraba de los labios de Nuria la curiosidad por mis sensaciones después de sus latigazos vocales, si valía la pena seguir, si quizá podría presentarse al casting. Yo andaba en esos días buscando una voz con estilo para mi orquesta, pero obviamente Nuria no era lo que yo estaba buscando. Nuria no suele aceptar un no por respuesta, y comienza a quitarse el vestido y a introducir suavemente su lengua en mi boca, mientras me desabrocha sutilmente la bragueta prácticamente sin darme cuenta, cuando el dueño del karaoke interrumpe el idilio dejando caer fuertemente sobre la mesa otro vaso de ron muy sofocadamente entre ambas miradas, con las venas de los ojos a punto de explotar y un sudor frío y tembloroso casi imperceptible que comienza a contagiarse. Nuria y yo nos vamos a los servicios y nos lamemos los sudores mutuamente. Nuria folla como pocas, si bien canta también de un modo bastante único. El dueño del karaoke no puede más y se enchufa otro compás de coca en una esquina bien disimulado. El dueño del karaoke es el padre de los cinco hijos de Nuria. La camarera -hija de Nuria- me sonríe y me da otro beso, mientras Nuria no para de jugar en mi entrepierna. El dueño del karaoke no puede más y se pega un tiro en los servicios. La camarera y yo descuartizamos a Nuria y nos vamos a cenar, a ver de qué modo podemos finalizar la película.

© Miguel Pérez Díaz

Todo sobre tu madre (2006)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

COMIENDO LOS OJOS

Tu madre es muy divertida
me parece muy graciosa.
Recuerdo aquel viaje
aquella voz jocosa
mientras sangraba tu padre
mientras terminaban las moscas
con ese enorme trozo de carne muerta
que era ahora en la boca de tu madre gozosa.
Colgado el ombligo de tu padre llorando
de la boca de tu madre sabrosa
de la sangre derramada sangrando
derramada de la su mirada atormentada…
nerviosa
de la mirada de las moscas
de la tu madre mirada
de comiendo los ojos
de lamiendo la sangre antigua
de la sangre divina
de la sangre seca entraña
de tu padre amor
Dios qué ganas…

LOS PECHOS DE TU MADRE

Era una golfa tu madre
le encantaban las rayas
vestir de domingo a diario
poner música en la playa
a cualquier hora de la mañana
desnudarse para los vecinos
y gritar por mitad de la luna
mientras la juventud asombrada
encantada por la ventana
a la tu madre mirando canalla
de que se alisaba el pelo
de que se alisaba la mirada
de que se enjabonaba la cara
de que ponía perdido el piso
que de agua y espuma afrutada.
¡Qué lindos pechos los de tu madre!
Olían a Dios
y es que
perdona amor
pero no los esperaba.

LOS PEINADOS DE TU MADRE

Procuré no alcanzarle el peinado
no atinar con los botones
no correr la pintura de labios por todo su cuerpo.
Era tan inolvidable el recuerdo
que necesitaba repetirlo a diario
repetir y multiplicar el recuerdo
para multiplicar las horas
y multiplicarme a mí mismo
oh mi amada.
Pero soy un ser tan despreciable.
Y quizá tu madre también.

TU LENGUA EN MI VENTANA

Morderte la boca
nunca dejó de ser un deseo para mí oh amor.
Sabe a aquellas bebidas raras
aquellos discos tan antiguos
que regalaste un día a tu hija.
Un día…

ARRANCAR PÁJAROS DEL CIELO

Y no me olvidaré jamás
de la fijación tuya
por arrancar pájaros del cielo
aquellos pájaros fritos
que obsequiabas a tu padre
con tanto amor.
Qué devoción la tuya
madrugar para matar
aquellas pequeñas almitas
robar su vuelo canalla
para engordarlas luego en aceite hirviendo
y engordar más tarde a tu padre
con aquellos pájaros muertos, oh baby,
mientras yo acariciaba a tu madre
levitando en la humedad de un nuevo amanecer, oh baby,
mientras tu padre calentaba el aceite.

MOJADA LA ORILLA

En la playa callada
tu madre canalla y yo
en mitad del pecado
en mitad del vino
se suponía
mojada la orilla
que nos castigábamos
a la luz de la farola
a la luz de los verdiales.
Y yo hacía por iluminarte amor,
pero ya era de día.

LA LUZ DE TU MADRE

Tu madre me ilumina con sus pechos
todas las pasiones.
Como ballena recién nacida
en brazos de tu madre
es algo así como cuando tu padre grita gol
o cuando se enfada por alguna tontería cotidiana.
Y yo mientras
acaricio el pecho de tu madre
en esa cama de matrimonio tan absurda
y me lo coloco en la boca en silencio
y me hago el muerto
y me enjuago de leche la cara…

© Miguel Pérez Díaz

El jardín de Mario (2005)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Tumbada de llanto
-misticismo estúpido
y rabia de verano-
estás más cerda, más repleta aún que de costumbre.
Tu estorbo azul y tu toalla secreta
enhebrada en mierda y silencio de niñata traviesa
que escuchando en la radio
canciones con mucha nostalgia
mientras se mete el dedo -mojada mojadísima-
del blanco y negro
de la tele de mamá
y el helado de fresa
sobre un mediterraneo la foto de papá de cuando la comunión –mientras te introduces el tanga, mientras te introduces el dedo- cambias de canal inacabada, insatisfecha.
Azul temblado como la mirada,
esa sí esa que se te derrite
hasta el otro ojo de tu estómago, tu otro estómago.
Grita fuerte que yo te escuche, qué te gusta que te introduzca billetes en la raja de tu culo, te enfadas y te gusta a la vez, y eso me excita.
Eres tan puta que no me importaría abofetearte nena lo juro.
Si acaso es eso lo que me ansías desde que te conozco,
pídelo perra
tan pura y guarramente amorosa como sólo tú sabes hacerlo.

© Miguel Pérez Díaz

El humo de las pipas (2004)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Teníamos previsto que Enrique no se enterara de nada. Nadie quería que Enrique se preocupara demasiado y era por lo que todos disimulábamos y procurábamos que nuestra sonrisa no quedara enmarcada en una demasiada hipócrita preocupación. Nos mirábamos unos a otros, nos dábamos codazos. Nos llamábamos por teléfono. Hacíamos guardias. Enrique seguía sin saber exactamente nada absolutamente. Crecía una preocupación que dilataba a cada segundo el alma de Enrique, que con tanta felicidad, cada vez más preocupado, algo raro notaba entre todos nosotros que aún no alcanzaba a descifrar. Laura decide envolver a Enrique en una sábana, Helena perdida en sangre y vicio, se abrazan, se besan, y se hacen el amor en los servicios del hospital procurando el silencio, los enfermos duermen y los médicos juegan al Trivial. Gómez gastando discos de Calamaro y paquetes de Novel al borde de un precipicio en los acantilados de Maro, al borde de la luna llena. Gustavo enterrado en la playa por un grupo de jovencitas que juegan con su profesor de literatura al escondite. Nadie distinguía bien la realidad, quizá sólo Enrique, que ya nunca más podría observar el dulce cuerpo de las sus compañeras de hospital, el dulce cuerpo de las sus enfermas, el dulce cuerpo de las sus pintas de Guinness en la su cervecería preferida. Laura decide llamar a Gómez como siempre para compartir el peso de sus caprichosos inconformismos, bajo el sucio y sinuoso cuerpo de Helena que intenta entretenerla con sus encantos manchados de sangre y jugo de cerezas desgarrando las sus ropas bajo el chorro de agua del baño que empapadas de sangre y lágrimas. Pero Laura está ansiosa, y necesita hablar con Gómez, que pega un volantazo y vuelve para ver a la su Laura, perdida entre la sangre y el llanto. Helena se viste furiosa y se acerca a la playa, rescata con talento a Gustavo de las jóvenes escritoras en ciernes y lo invita a un champán francés frente a los acantilados de Maro, frente a una luna llena envidiable, pero el idilio de Gustavo es interrumpido por una llamada desesperada de Sergio, que acaba de salir de trabajar y aún tiene ganas de marcha. Los tres jóvenes cuerpos ya destrozados de tanta realidad se dirigen al centro de la ciudad a procurar olvidar por todos los medios lo sucedido. Cinco botellas de oporto se encargan de envolver a estos tres individuos de odio y asco, pena y dolor, el cuerpo de Enrique aún en el maletero del coche de los padres de Helena. Sergio ríe a carcajadas descontroladamente y besa endiablado a Helena que lo acepta ya por efectos de sueño, Gustavo decide pedir una última copa de oporto y entretenerse gastando la última botella mientras dura el pequeño idilio que a la sombra de las mesas de madera y el olor a alcohol de estos dos jóvenes cuerpos intelectuales, a la sombra del cansancio etílico de Gustavo. Laura llora furiosa y Gómez no sabe ya bien cómo tranquilizarla, se le escapa de las manos, está demasiado perdidamente enamorado de ella y ya no puede hacer nada para olvidar sus recuerdos, quizá ya son demasiados los recuerdos con Laura. Sus estudios de psiquiatría de nada le sirven frente a los encantos de Laura frente a los ataques de los encantos de Laura. Ya en la cena, Laura le informa a Gómez de lo sucedido en el hospital a lo que Gómez responde tomando carrerilla y lanzándose por la ventana sin pensarlo iluminado por la luna llena. Laura queda prendida del balcón llorando la muerte de Gómez cuando suena su móvil, Helena la invita a pasear por el puerto sin ningún tipo de compromiso formal. Paseando cerca de la farola -el paseo lleno de gentes con lamentables aspectos funerarios- paran en una vieja tasca y toman un par de tapas de ensaladilla rusa con sendas cervezas hirviendo, era una noche caliente como ninguna, las neveras dejaron de funcionar. Pasaban mientras filas de ambulancias una tras otra con ancianos fallecidos del excesivo calor, Helena sonríe picarona y sorbe lentamente una lágrima de sudor que juguetea en los finos labios de la cada vez más acalorada Laura, frente a la oficina del paro una enorme cola de jóvenes que mezclados entre el sudor y las lágrimas seguían sin poder dar rienda suelta a su imaginación, los tiempos habían cambiado y se habían vuelto aún más difíciles, sólo quedaba la práctica descontrolada del sexo. Cayeron un par de gotas del cielo cuando el cuerpo de Enrique comenzó a oler, los padres de Helena en las ferias del pueblo, Helena perdida en la entrepierna de la su prima recordando los juegos de juventud y el descubrimiento de la sexualidad en las aquellas nostálgicas tardes de monótono calor y excesivo aburrimiento en el pueblo, cuando todavía los dedos de Helena acariciaban el sencillo cuerpo de Laura sin miedo a pensar demasiadas cosas. Al otro día se celebró el funeral de Gómez, lleno de gentes dispares, nadie se conocía. Helena recibió el pésame de una alumna de Gustavo sin comprender muy bien, cuando el sol se puso azul y la gente se difuminó y olvidó todo en sus casas, recalentando pucheros y riendo con la televisión, ya sin perfumes ni el humo de las pipas. Gustavo nadaba en la playa.

© Miguel Pérez Díaz

Entreguerras (2003)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Era una justificación poco concreta pero bastante válida, mientras acomodaba un pequeño trozo de pan con mortadela y coca cola en su alma, mientras sus ojos llenos de ilusiones se humedecían de felicidad en mitad de la lumbre, en mitad de la noche. De todo lo que ya se había oído con anterioridad destacaba únicamente la discreta forma de entonar del público de la aquella rubia rechoncha que repintada de rojo, ahogada en bocadillos de mortadela y cervezas españolas. La aquella joven necesitaba hinchar su cuerpo para dar un mayor aspecto de profunda despreocupación y consecuente profundo misterio ante el público que le tocaba aquella noche. El enano igual que un silbato pisoteado se quita la correa, se enrojece y grita un hora de almorzar parecido a un simple los bocadillos. La muchedumbre se amontona sola en el fuego entre envoltorios de aluminio, latas de cerveza y guitarras sordas, encendiendo multitud de móviles que gritaban nuevos mensajes y avisos desesperados, compromisos, y amores imposibles. Cantaban canciones desafinadas, el cielo oscuro estaba precioso mientras ocurría todo aquello, pero el por qué era impropio deshacerse del grupo aún nadie lo sabe, nadie, por lo que la gorda culminó rápido sin soltar prenda para volver a la habitación a descansar de aquella tarde tan intensa, antes de que el enano volviera a gritar. Laura, mientras mordisqueaba sin ganas un trozo de apio bastante tieso, recibió una posibilidad remota por parte de Helena, pero aquello era demasiado difícil, una maniobra demasiado engañosa incluso para ella, quizá no del todo cierta, por lo que Laura expulsa sin ganas una lágrima del ojo izquierdo en busca de Eduardo, que sigue enamorado de Laura desde Mancha Real. El profesor de música empeñado en buscar el sonido azul, Eduardo, coincidió con Laura en un cursillo musical en Boston sobre cómo pasar de todo sin que tu entorno se altere demasiado o el jazz hoy, y saca su lengua para limpiar la lágrima de la su Laura muy poéticamente. La lengua endiablada de Eduardo baja en un profundo ataque de amor y se introduce astuta en la boca de la aquella triste Laura sin posibilidad, sin previo aviso, que sin contemplaciones le arrea un sonoro guantazo como principio y arranque de una lujuriosa entrega de besos descontrolados en mitad de la gente, en mitad de la noche, principio y arranque de mil comentarios cuyo centro tonal, la desesperanza emocional de Laura. Mientras Eva, la rubia inflada, que en su habitación tomándose la tensión, su novio revolcándose en mitad del fuego de Laura, ardiendo ya dentro de Laura, en mitad de la batalla que ardiendo ya en mitad de la luna del mar de por culpa del viento que resopla canciones de los beatles que de risas y llamadas perdidas envejece y rejuvenece sin orden encendido en la mitad ya de los desnudos cuerpos de Laura y Eduardo que ya se aman ya desesperados, que se mezclan ya arrugados ya de tanto antes de que se amanezca el día y la luz los delate y los haga arrepentirse de todas aquellas formas distintas de hablar bajo el agua. El enano grita encima de la gorda, la lincha con la fusta hasta el ensangrentamiento, le escupe en la cara hasta entorpecerle la mirada, pero la iluminación no es la adecuada, no es, y deciden parar en otro hostal, otro sitio cerca donde la escena dé verdadero asco. En cualquier caso el hostal de Helena huele profundamente a sudor, y no es del todo interesante estar allí más tiempo, es un asco no del todo palpable. Helena promete a Laura volver a intentarlo, pero esta vez Helena ya está un poco cansada, desconsuelo quizá, a lo que Laura le contesta con un profundo beso que hace que Helena y Laura se desparramen mareadas por las escaleras del hostal hasta la habitación de Laura, donde nos encontramos a un Eduardo sangrando en mitad de la bañera. Eduardo ha renunciado a la vida, Laura le dio demasiados disgustos, lésbicos quizá, quizá con su prima, Helena, a lo que las dos hembras responden rompiéndose las ropas a besos, cada vez más rojos, más despintados, riendo fuertemente para que todo el mundo las escuche, para que todo el mundo sepa hasta dónde llega su deshumanización, mientras llenan la bañera de leche e introducen sus cuerpos en el líquido blanco que las devora poro a poro en mitad de tan lujuriosa escena, en mitad de un champán francés. Pero al enano no le ha gustado, no, así que hay que repetir. Y se repite, tanto que la lujuria se pierde, y se pierde el encanto, y se pierde ya todo en mitad de un deseo que no existe, que ya nadie se cree porque jamás existió. Eduardo se ducha sin ganas y se acuesta, harto ya de tanto hacer el gilipollas, pero la gorda tiene ganas de marcha, y se extiende lo mismo que una enorme gelatina sobre el frágil cuerpo de Eduardo cansado. Y Eduardo le da un beso en el cuello y le muerde la oreja húmedamente, la gorda se excita, y aprovecha ese preciso momento el cansado Eduardo para susurrarle a la su gorda oporto. La gorda prepara la copa para Eduardo, y ya Eduardo le habla claro a la su gorda con la copa en la mano, sentado en la cama, con una mirada perdida en la perspectiva de un cuadro familiar, improvisada tal vez. La gorda se humilla y se extiende en la cama llorando lo mismo que una foca a punto de morir, a lo que Eduardo responde con un portazo desde fuera, el oporto sin acabar, el cuadro en el suelo. Y llama a la su Laura. Eduardo ya nervioso. Y es ya en la playa donde vuelven a necesitar entregarse sus cuerpos, donde ya deciden intercambiarse sus almas hasta el infinito, tantas veces hasta que se confundan, hasta mezclarlas y que nadie las distinga, todo a orillas de un mar poco revuelto. Gritos de gaviotas, barcos, y un faro perdido, adornan el amanecer de Eduardo y Laura, que quizá tampoco necesita ya nada, quizá Eduardo sólo su trago de oporto de por mitad de la mañana, pero esta vez prefiere no pensar demasiado, Eduardo lo acepta sin desvelos. Eva queda dormida y amanece sola en su habitación y decide no salir en todo el día, necesita estar dulce para su concierto. Pero también necesita olvidar el desdén que le ha regalado Eduardo en su aniversario, necesita tirar la basura, así que se repinta la cara de rojo como sólo ella sabe y se va al supermercado a hablar con las vecinas de la actualidad y el ocio en estados de aburrimiento, a escupir perrerías de unas y de otras sin mayor preocupación que la hora de comer. Era preferible rellenar el tiempo de mierda a desnudarlo en mitad del vacío que había dejado Eduardo, pero Eva ya no puede. El concierto fue un desastre, su público dejó de ir a verla, tarros y tarros de nocilla. Eva se encierra en casa, pierde peso, y está muy sola. Tampoco desea escuchar música, ni leer nada, porque todo está sometido a un proceso de humanización que no le atrae en absoluto, sabe que todo eso es otra vil mentira para poder beneficiarse de aquellos que todavía creen que aún es posible la salvación. Eva sabe perfectamente que este estúpido estado de gracia que se le concedió, si se le concedió alguna vez, era otra mentira que ella misma inventó y creyó, que todo el mundo creyó, y es por lo que prefiere callar, dejar pasar el tiempo sin adornos, sin gaviotas, sin barcos, sin faros que le entorpezcan la visión de la realidad que le ha tocado vivir. Mientras tanto, Eduardo continúa su idilio con Laura, que desconoce la relación de Eduardo con Eva, tampoco es algo que pueda alterar en absoluto su alma. Se conoce que Laura nunca fue mujer de amores excesivamente diplomáticos, no es una mujer excesivamente poética digámoslo así, más bien de amores fáciles, de fácil conquista, de más fácil aún consuelo en periodo de entreguerras, por lo que se deduce que a Laura la relación de Eduardo con Eva le puede producir incluso risa, incluso asco, incluso pena por Eduardo. Gómez, el portero, interrumpe el sueño de Eva con un puñado de cartas en la mano y un certificado sin firmar. Eva se levanta con un profundo asco, Gómez ha insistido demasiado esta vez, cierra de un portazo, y con el cuchillo de la cocina abre enfadada postales de navidad, gambas en oferta, y una carta donde Conde la avisa de un posible concierto en el Cacique, el bar de la esquina. Pero Eva ha quedado excesivamente delgada, no puede ponerse ante su público, y decide no aceptar la invitación. Y llama a Conde. Y Conde llama al dueño de Cacique. Y todos se ponen nerviosos, quién coño hará la gala de fin de año si no es Eva. Conde se reúne con Eva y se echa a llorar. Eva responde que no es sólo una cuestión estética. Conde grita que se deje de gilipolleces y que cante que es lo que tiene que hacer. Eva le grita que está en huelga de hambre por amor. Conde ríe a gritos. Eva comienza a romper vasos. Conde se pone nervioso y la desnuda endiablado. Eva llora mientras se deja desnudar por Conde enfurecido. La terraza deja que estos dos cuerpos divaguen desnudos en mitad de la intensa lluvia, en mitad del odio y el amor enfermizo que se profesan de vez en cuando. Eva y Conde son socios desde hace tiempo en esta estúpida empresa que montaron para rellenar su tiempo libre el uno y su alma la otra, y follan entre lágrimas y lluvia sin comprender demasiado a sus cuerpos en silencio, no importa en absoluto nada en ese momento para comprender la rutina diaria, hasta que el móvil de Conde comienza a gritar desesperado. Pau tiene ya la cena preparada. Pero Conde está ocupado arreglando una nube y no puede. Eva cariñosa pide a Conde que se quede a cenar, a lo que Conde no sabe bien qué responder, y torpemente vuelve a sacar el fin de año intentando ser cariñoso. Eva expulsa sin ganas una lágrima del ojo izquierdo y le pide a Conde que por favor se marche. Conde se desconsuela y va a casa de Sergio a contarle todo, mientras Sergio se empapa de pornografía que tiene guardada de cuando su juventud, mucho antes del pantalón de raya diplomática, y claro, no puede atenderle. Conde desconsolado se va llorando a cenar con su mujer. Laura ríe endiablada encima del diplomático Sergio lo mismo que una guarra, y es que Sergio le hace mucha gracia, es el encargado de la radio escolar donde trabaja Laura, y hace muy muy buenas imitaciones, y a Laura le encantan, todas, a Laura le gusta mucho que la hagan reír. Sergio tiene también en su cartera miles de fotos de mujeres, todas sus novias dice, y un sinfín de imitaciones que aún no han explotado en cara de Laura y claro. Es un hombre muy simpático Sergio, sólo le gusta beber vodka de marca con naranja y hablar de sexo, le gusta mucho el sexo, eso sí. Dice Sergio de sí mismo que es un guarro, a lo que la diplomática Laura le responde con una mirada sin significado que hace nacer en Sergio mil millones de preguntas que jamás se ha planteado, y revisa su tarjeta de crédito y corre a la calle a ver si llueve o ha parado. Laura tras él le dice que le mida los pechos, y Sergio nervioso se recuelga de la lamparona naranja de la aquella fiesta improvisada de navidad, el pantalón de raya diplomática mojado de zumo de naranja, Eduardo confundido con Helena en su habitación escuchando música minimalista que le ha prestado Helena mientras mira por el cristal de la ventana cómo la lluvia está intermitente, cómo que no para, aunque pare muchísimas veces. Pero Sergio es también un gran improvisador, y decide ir a casa de Eduardo y explicarle diplomáticamente lo que está haciendo Laura sin diplomacia ninguna, a lo que Eduardo le responde que Laura puede hacer lo que quiera, que ella puede hacer lo que quiera nervioso, mientras se baja el pantalón para medirse nuevamente la entrepierna muy preocupadamente. A Sergio se le enciende la mirada, le crece muy rápidamente la entrepierna, y corre al bar a por Laura, pero Laura ya se ha ido. Laura tiene muchas historias en la cabeza que aún no ha mezclado bien, demasiadas piezas para encajar, así que llena de ansiedad se compra en el super un tarro de nocilla gigante que engulle sin compasión hasta terminarlo por completo mientras llora y patalea en el silencio de la habitación de su piano. Gómez escucha todo tras la puerta, esperando que Laura le abra, pero tantos pianazos no dejan que se escuchen ni los gritos del profesional Gómez, que decide darle el correo a la joven vecina de Laura, mientras toma una copa de champán francés enlazado en el sofá del marido de la vecina de Laura, la vecina cocina muy bien. Eduardo come quicos mientras suenan los pájaros exóticos de Messiaen, le importa poco la noticia de Sergio, parece, Helena entrelazada en Eduardo con el Come out de Reich. Y mientras todos escuchaban atentos las historias de las novias todas que en la cartera de Sergio amontonadas lo mismo que una colección de sellos antiguos que en la su boca aquella noche, Laura, Lorena, María José… todas querían a Sergio, muchísimo, y no importaba el precio. Tampoco importaba que Sergio compartiera su cariño con todas, Sergio tiene un corazón tan grande que apenas notarán la diferencia. Pero Gómez se ha cansado de la cerda de la vecina de Laura y decide tirar la puerta, Laura desnuda en la bañera envuelta en nocilla, muy sonriente, y un disco de Mompou suave que suena a lo lejos. En la televisión un video de la última feria, Laura, Helena, y su hermana, bailan las canciones del verano una tras otra sin más por qué, con sus vecinas del pueblo. El pueblo se llenaba de alegría con las juveniles coreografías, con los juegos de colores, con el capricho de las futuras mamás del pueblo. Gómez vomita, Laura sale del baño llorosa y agarra fuerte a Gómez. Se oye un disparo, la vecina de Laura se ha volado los sesos. Gómez abraza a Laura sin comprender muy bien nada absolutamente, sólo sabe que tiene que abrazar. Laura le muerde un labio suavemente y comienza a poner a tono a Gómez que la aparta furioso y le pregunta que qué ha pasado exactamente con Sergio. Laura no comprende y le muerde sonriente el pantalón de raya diplomática a Gómez y suena el teléfono. Y es la policía. Sergio ha muerto en su coche escuchando el último disco de Laura. Las novias todas de Sergio lloran su muerte, se secan las lágrimas, y se follan felices unas a otras en casa de Laura. Gómez no comprende muy bien pero sigue muy abrazado a Laura. Pasan los años y se van envejeciendo los cuerpos, y Helena empieza a echar de menos a Sergio, era muy importante su presencia. El enano ríe al borde del infarto, y todos celebran el fin de semana en Almonte, vino y tortilla de patatas para todos. Helena se olvida de Sergio y entre risas levanta a besos a Eduardo de entre los vasos de plástico y lo aparta de la fiesta para hacerle el amor al borde del río, al borde ya de la noche. El enano abofetea a Eva mientras ésta sangra y ríe, y le grita y le escupe, y que o engorda o pierde el papel que se le concedió a principios de temporada. El público aplaude mientras se cierra el telón y Eva decide abandonar la función. Helena trata de hacerle ver que aún queda tiempo para calmar la situación, pero Eva ya está harta de aguantar el genio del enano y ya está harta de engordar el alma con bocadillos de mortadela y coca cola, de disfrutar de atardeceres con canciones desafinadas y fogatas, que prefiere cantar en bares como siempre, que ya no se siente imprescindible allí. El enano llora y el equipo aplaude emocionado. El compositor cierra la libreta en mitad de una emoción que aún no sabe describir, es mejor ir a cenar y no pensar demasiado.

© Miguel Pérez Díaz

Najila (2002)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Fali iba ya por el cuarto cigarrillo cuando nos descubrieron nuestro único destino posible, la ruina. Nos lo descubrieron los mismos que en otro momento de nuestra vida nos descubrieron nuestro otro posible destino, un destino mucho menos real, sumamente gratificante, lleno quizá de excesivas esperanzas, con la sonrisa que queda dibujada en la cara aburrida de la felicidad del adolescente arrancada de cuajo sin avisar. Los tiempos, como las cenizas que caían de nuestros cigarrillos, como el polvo que cubría nuestros papeles, como la expresión de la gente por la calle, cubiertas todas de tiempo, cubiertos de tiempo. Fali decidió encenderse un quinto cigarrillo, íbamos tranquilos en dirección a la carnicería, el pequeño establecimiento que ahora estaba alquilado por una china ni joven ni vieja, con cara de pocos amigos, estaba cerca, diez minutos, y lo mejor era no preocuparse. Nuestros únicos problemas posibles en aquellos anocheceres eran las ceñidas curvas de las vecinas de Fali, todas, vestidas ya para el solsticio de verano, las famosas fiestas de San Juan, y no había ya nada mejor que hacer, ya habíamos hablado de todo lo que tenía que hablarse, de todo lo que no tenía que hablarse, y sólo nos quedaba mirar, por la ventana se nos adivinaba la silueta de Ximena, la luz de la lámpara de por entre los huecos de la su persiana, mientras pegábamos bocados de ira a las costillas de oferta bañadas en vino de no más de cuatrocientas pesetas, camino de la carnicería, o imaginar alguna pieza de Ligeti en el fondo del mar. La china movió la ceja de alguna forma extraña al poner el paquete de cigarrillos en la cuenta que a Fali hizo sospechar y revisar el cambio hasta la última peseta. Como siempre, no fue nada. El silencio, las cenizas a nuestro alrededor, el café frío, nos descubrían nuestro profundo fracaso, nuestras profundas preocupaciones eran tan profundas que no interesaron a nadie, el periódico de hacía tres días sin leer, manchado de café. A mí me preocupaba el sonido posible en el silencio, el sonido que nadie escucha porque no se oye, el sonido que golpea las cuerdas de un piano sin martillos, la hora mal puesta en el reloj de la cocina. A Fali lo mismo pero en cuanto a otros sonidos, quizá más explícitos, quizá palabras, o no. Al resto, la forma de sobrevivir, la más digna, entre toda la porquería que crecía a nuestro alrededor, el sonido del poder a cualquier precio, los miles de fuegos iluminando la noche que entraba por los barrotes de la ventana del salón de la casa de Fali. Las mujeres se nos iban adornando cada vez más. Fali y yo íbamos desmenuzando las costillas con los dientes a tragantazos de un vino nuevo, diez duros la botella. Ximena apaga la luz y cierra de un portazo haciendo un leve ruido con las llaves. Celso sirve la cena a su televisor, la playa se inunda de seres vivos en mitad de la noche y no le apetece ver fuego que le recuerde su juventud. Celso es un escritor de monumentos literarios de setenta años, cansado ya de todo, de oír discos de Tete Montoliú, de pescar, de su incansable adolescencia. Fali y yo fuimos en busca de un disco de Tete, necesitaba renovarme. Ximena pintaba mariposas en las aceras, mariposas que borraba la lluvia. Ximena es muy bella, bella musa de Fali. La belleza de Ximena reside en su continua búsqueda de la postura adecuada para atarse los cordones de los zapatos. Ximena es muda, trabaja en un hotel de Nerja, espera una posible oferta para viajar al norte de África. Hacía mucho viento, siempre hacía mucho viento, pero a la gente no le importaba el mar revuelto, no le importaba morir ahogada en una noche tan hermosa. Fue la última vez que toqué en el Cervantes, cuando tiré el abrigo al contenedor de basura, la última vez que usted tocó en el Cervantes tiene gracia, me aplaudía Celso desde el televisor de su salón. Celso es profesor de Ximena en la facultad. A Ximena le gusta mucho Celso. Pero Celso es muy mayor, quizá sabe demasiadas cosas, quizá sabe demasiadas cosas sobre Ximena. Quizá porque Ximena se prostituye en un local de alterne los fines de semana para pagarse sus estudios en la universidad, tiene demasiados vicios y con el sueldo del hotel de Nerja no cubre todas sus necesidades. A Fali no le importa, Ximena respeta sus ideas. Fali, Ximena, y una joven compañera argentina de la clase de Ximena en la facultad, se citan en la casa de Maro de Fali para terminar un concienzudo estudio pedagógico que deben entregar el lunes a Celso, que acude también a la cita para ayudar en lo que pueda. Entre música argentina, mate, vino, y noche, Fali es agasajado por el par de hembras, mientras Celso mira las estrellas y pone en el tocadiscos un viejo verdial. Celso llora, Fali enloquece. En el césped con las dos hembras, se las come poco a poco mientras ellas devoran lo poco que queda ya de Fali a la luz de la luna a la luz ya de las pálidas estrellas de Celso, que en la oscuridad sube y baja de la su boca una mariposa iluminada, corretean bichos nocturnos. Celso fuma un sexto cigarrillo y dibuja mariposas con el humo azul. Ximena se encandila con las mariposas azules de Celso y corre a ver, pero desaparecen de tan rápido que vuelve Ximena a la entrepierna de su compañera de clase, dura más. Fali comparte un séptimo cigarrillo con Celso mientras las dos hembras terminan de amarse, vuelve a poner el viejo verdial que tanto gusta a Celso, se sirve un poco más de oporto. A Celso le encantan los verdiales, piensa Ximena mientras termina una enormísima mariposa azul en una de las piedras del dique diluida por la lluvia. La luz de la farola encendida y apagada en nuestros rostros, la mariposa desaparecida por completo. Ximena mojada. Fali envuelve a Ximena en su fular, regalo de su madre, la invita a celebrar el solsticio de verano con nosotros. Ximena apaga un octavo cigarrillo en el cenicero y se sirve otra costilla de cerdo. Ya no queda más oporto, Ximena se sube a la mesa y comienza a desnudarse desde el fular, es el solsticio de la noche, del pálido recuerdo de verano de Celso en la foto de un viejo libro confundido entre películas en la polvorienta estantería del salón de la casa de Fali, ahogado en el humo de los miles de fuegos de la calle que cuelgan por la ventana para llenarnos los ojos de lágrimas, Ximena se ata los cordones de los zapatos, el espectáculo comienza. En la mesa varios hilos de polvo blanco peinados por Ximena, preparados, Ximena encendida por completo como un fuego de los de la calle. A las doce de la noche encendida Ximena del peinado en la mesa del salón de la casa de Fali lo mismo que un júa. Fali pone el nuevo disco de Tete mientras la lluvia apaga todos los fuegos de la calle. El único fuego posible en aquella noche se nos presentaba en la casa de Fali, donde llovía, aunque de otra manera. La lluvia lo intenta pero los fuegos en la casa de Fali son ya imposibles de apagar, ha llegado la amiga de Ximena con muchas ganas de mate al chocolate, con muchas amigas para jugar a que es de noche y llueve y tenemos frío, con muchas ganas de jugar al escondite. Las amigas de Ximena comienzan a comerse las lenguas, a penetrarse unas a otras, yo y el sofá perdidos de sangre, semen, y mierda, que llenan de luz de la de por entre los barrotes de la ventana del salón de la casa de Fali toda la casa, y ya es de día, y un montón de cuerpos femeninos desnudos y resecos se esparcen aburridos de sueño por el suelo lleno de sol del salón de la casa de Fali. Ximena arrepentida fue temprano a ver a Celso, después de lanzarme un beso por la su persiana, después de la su ducha, Fali dándose una ducha, yo a por churros cerca del túnel. Celso ha dejado de fumar, las mariposas que iluminan la noche le recuerdan su juventud, Ximena escribe a Fali desconcertada. Fali va a besarla, pero Ximena se adelanta. Ximena piensa a Celso mientras besa Fali, lo aparta asqueada para preparar un café. Ya en la cocina Ximena escribe a Fali la edad que tiene, que los pájaros todos ya están muertos, que necesita un paraguas. Fali comienza a susurrarle a Ximena la edad que tiene, dejar quizá la raya del peinado en la mesa, mientras llego yo con algunos churros menos en el cartucho, los comí en casa de Celso. Mientras le descubría mi asombro al encontrar a Ximena en un local de alterne que escondían los hoteles del puerto después de mi última actuación en el Cervantes, después de tirar mi abrigo al contenedor de basura, después de gastar hasta la última peseta en putas con Efisio, otro de mis camaradas. Ximena se enamoró de Efisio nada más verle, cuando la sorpresa le atragantó el chocolate que en el vaso de plástico al verme salir de los servicios con un fajo de billetes de los grandes para Efisio. Efisio ríe hasta hinchar las venas del cuello a punto de reventar sobre la cara de la puta, Ximena, que con los ojos acuosos comienza a temblar sin orden alguno. Entre la escabrosidad, yo decido subir con una tal Nicole al taxi. Efisio aún no sé qué hizo con todo aquel dinero, aún no sé qué pudo hacer con Ximena tan descompuesta. Después de la excitación, regresé al local deshecho, Ximena todavía quería darme una explicación, pero los churros en la mesa ya se habían terminado, y aún Ximena no había respondido a la pregunta que le hice cuando salí de los servicios de aquel garito en mitad del puerto cantando. Fali besa a Ximena enamorado más que nunca, Ximena corre a encerrarse al baño sin terminarse el café a punto de llorar. Después de varias frases algo blandas desde la puerta, Ximena decide dejarme entrar, es lo mejor Ximena. Ya con el llanto reseco en su cara, Ximena se saca uno de sus pechos y me lo pone en la boca, sin explicación alguna. Yo chupo desconcertado, ella gime un leve sonido de placer, su pecho crece, el color rosa de su pecho se torna azul cada vez más, Ximena grita ya de placer, y en mitad del grito me absorbe la boca con sus labios sin darme un respiro. Fali aporrea la puerta, aún más desconcertado que Ximena y yo en la bañera, desnudos, follando como dos adolescentes en pleno desajuste hormonal. Fali corre a punto de suicidarse a casa de Celso, necesita de alguien que calme la mala leche que se le ha formado en las entrañas tan temprano. Ximena y yo volvemos a fumar otro par de cigarrillos del paquete de Fali, los últimos, en la bañera del baño de la casa de Fali, que decidió hacérselo con la amiga argentina de Ximena en su casa de Maro, no es lo mismo, me decía resignado por teléfono, pero le encanta que le muerdan el cuello hasta que la sangre brote. Yo decidí volver al puerto a ver a Ximena. Aquella noche Ximena parecía otra. Con otro vestido, otro maquillaje, me confesó que iba a declararle su amor a Celso, que no podía más, que no le importaba el resultado de su declaración. Yo intenté convencerla del error, Celso sabía gracias a mí del sueldo extra de Ximena, como yo sé que Celso no gusta de determinadas libertades actuales. Ximena comenzó a hablar mientras se volvía a atar los cordones de los zapatos, me confesó que tampoco era muda, que lo del hotel en Nerja era también una tapadera, que allí también se prostituía, con lo que Ximena se formó en mi cabeza como toda una puta, dando un puntapié a la sencilla Ximena muda que todos creíamos haber conocido en algún momento. Ahora comencé a temblar yo, la realidad que creía conocer podía conmigo, Ximena cantaba desentonando la canción que sonaba por los altavoces, mientras dibujaba una mariposa de polvo blanco en la mesa. Las bolas del techo comenzaban a girar, a iluminar mi desconcierto en aquella barra. Ximena ríe hasta hinchar las venas del cuello a punto de reventar sobre mi cara, después de introducir varias mariposas en su nariz. Nunca se llamó Ximena.

© Miguel Pérez Díaz

Sonaba la luna (2001)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Decidimos dedicarnos a la contemplación. Estábamos tan desgastados de trabajar en proyectos imposibles que sólo nos apetecía contemplar las cosas hermosas, imaginar que eran nuestras. Quizá era el único modo en que podíamos poseer a Ana, el único modo de que ella nos poseyera. Ya sabíamos las fechas. Sabíamos que en vacaciones siempre se reunirían en una ciudad a determinar los músicos que tocaban en la orquesta donde Ana tocaba la flauta. La ciudad era siempre la misma. Así estaba planificado por el ayuntamiento que subvencionaba la joven orquesta que en época de vacaciones organizaba los encuentros de los aún rebeldes jóvenes músicos para convivir entre los sonidos de Beethoven. Como la última vez. Fue la única vez a la que no asistimos al concierto de clausura. La última vez estábamos ya hartos. Hartos de tanto aprender y comprender. Hartos de buscar la racionalización del sonido. A nosotros nos gustaba el desorden. Siempre pensamos que la creación no estaba prevista, en la naturaleza el hombre nada tenía que hacer. El sonido no debía estar ordenado por el hombre. El sonido era algo tan natural como el verde de los mares o el rojo de los cielos. Nos parecía absurdo conseguir imitar físicamente con un clarinete el amarillo del canto de los pájaros o elevar el alma con enfáticas fanfarrias de tambores imposibles. No debíamos tener claras preferencias sonoras, sería un acto con cierta implicación racista. Todo lo que directamente nos proporcionaba la naturaleza nos parecía digno de clasificar como obra de arte, contemplarlo hasta sus últimas consecuencias. Fali y yo nos pasábamos las vacaciones contemplando a Ana, contemplando su cuerpo, su voz. Parecía como los demás músicos, pero Ana era mucho más que una voluptuosa envoltura de conjeturas artísticas. Ana era mucho más que todos los solos de flauta, el whisky, o la píldora del día después. Mucho más que el jazz, la feria del pueblo, o todos los vinos del mundo. Ana era, sencillamente, nuestra amante. Decidimos hacer un pacto para compartirla y evitar continuas discusiones, como quien comparte una colección de sellos. Ana era no muy alta y morena. Del delgado cuerpo de Ana destacaba su pecho, que tan atractivo o más que su mirada impedía centrarse en las siempre tan fuertes conversaciones con Ana. Era muy lista, estudiaba bastante poco, y fumaba siempre que le ofrecían. Ana decía que la técnica excesivamente perfeccionada conducía al sonido perfecto, que aunque ella tenía la sensibilidad suficiente, prefería quemar ese tiempo fumando porros con sus amigas, inspirándose el sonido desnudándolas en su habitación, inventando juegos de flauta. Tenía la capacidad de un recién nacido. Leía mucho Ana. Escuchaba todo y todo le gustaba, a todo le encontraba algún tipo de belleza. A Ana le encantaban mis películas, llenas de idiotas, gordas, y gente corrupta. No distinguía la diferencia entre el sonido de la guitarra de tres cuerdas de Fali y mis películas, absorbía perfectamente de dónde procedían ambas formas de pasar el tiempo, sin más, las contemplaba simplemente, como quizá Fali y yo todas las noches contemplábamos su cuerpo bailando en aquellos encuentros musicales del ayuntamiento. Nos contemplábamos mutuamente. Como aquella última noche. Sólo nos apetecía ver a Ana bebiendo y bailando, como siempre, pero esta vez Ana estaba rodeada de músicos y no podía atendernos demasiado. Era la clausura del encuentro y los músicos debían llorarse y mostrarse sensibles todos, hacer corritos y fogatas, comer sardinas, cantar temas de los beatles con el acordeón… era lo corriente. Sí. Bebieron mucho vodka y echaron a andar varios cubitos de hielo que sobraron de boca en boca hasta que se derritieron en forma de beso. Resonaban las olas oscuras. Ana parecía encantada. Sonaba la luna. Sonaban las ranas. La sección de cuerda optó por hacerle el amor a una de las nubes. Los vientos aplaudían entre risas. Un trueno resuena y resuena la tormenta. Y resuenan las lluvias. Fali y yo ya estábamos acostumbrados a los espectáculos de la orquesta pero aún así no parábamos de reír con los vientos y el sonido de las olas oscuras resonando en el cielo de la lluvia intensa de aquella noche, no salíamos de nuestro asombro. Sonaba la luna y sonaba la orquesta. Aquellos músicos parecían buscar una libertad predeterminada. Una libertad fuera de lo descrito o lo marcado, del público, la tensión o la época misma del sonido. En busca del sonido de la luna Ana se recolgó de la misma y se despidió con un beso lanzado de entre los dedos de su flauta en busca del sonido del agua en busca del sonido de la lluvia. Fali y yo nos pusimos a llorar fuertemente y fue cuando los músicos decidieron abrazarse y recoger las barbacoas. Arrancaron los coches en dirección a la última noche pero ya era demasiado tarde. La tormenta creció y los arrastró a todos al fondo del mar sin remedio alguno. El centro del centro estaba lleno de gente caliente. Todos estábamos envueltos en un inmenso humo rojo, minifaldas alocadas, y altos árboles verdes que flanqueaban un escenario de metro y medio donde descansaban una guitarra, un bajo eléctrico, y una caja de ritmos, rodeados por una enorme barra repleta de botellas de cerveza que sonaban al ritmo de una música que jamás habían oído estos jóvenes oídos intelectuales de la cuerda frotada. Fali y yo seguíamos llorando. Pero la música paró y un cañón de luz iluminó al metro y medio de celofán azul desde el infinito y empezaron los aplausos. Eran Ana y su hermano. Ana siempre tuvo una voz muy hermosa pero jamás la imaginé cantando pop en el centro del centro. La caja de ritmos comienza a bailar. La orquesta ni se inmuta. La gente canta los estribillos y la orquesta adopta expresiones paternales para con sus vecinos. A Ana se le escapan un par de lágrimas, una para Fali y otra para mí. Y la cogemos. Y llega el solo de guitarra. Y Ana saca la flauta y los filarmónicos se asombran, pero siguen quietos. A pesar de los redobles de la caja de ritmos, el público sinfónico no acepta las armonías fáciles ni la banalidad de los temas del hermano de Ana. Puede ser que Fali y yo no estemos del todo de acuerdo con los mensajes de las canciones del hermano de Ana, pero no suenan mal para tomar una cerveza y reírte. Al finalizar Ana se vino a nuestra mesa y nos contó que estuvo en Dinamarca, se enamoró, se casó, y se divorció. Nosotros le explicamos que a lo mejor eran demasiadas cosas para una sola noche. Sentándose en mi entrepierna Ana nos enseñó las llaves de su habitación con una sonrisa malévola y volvió al escenario ahora para presentar a una popular joven promesa de la canción española y un grupo de tangos de Málaga que nos iban a amenizar la cena en Nueva York. Nueve aviones nos esperaban en el aeropuerto del centro del centro. Nos repartieron entre los áticos de las torres gemelas por orden alfabético, pero gracias a Dios todos los sinfónicos quedaron en la otra torre, y Fali y yo quedamos aliviados de un posible ataque terrorista. Y comienza la música. Y los argentinos de Málaga pasan desapercibidos de entre los solomillos y el chimichurri. Sin embargo la joven lesbiana que imita a Concha Piquer es muy aplaudida y vitoreada entre sus repiqueos. Hay inmensos paneles en cada torre que avisan del éxito en cada escenario que obvian las puntuaciones para unirse e informar de una fatal noticia ocurrida en una de las mesas de la torre de la tonadillera. A una joven acaba de atragantársele el amor y ha muerto con los ojos empapados en lágrimas al final de una canción muy hermosa. La tonadillera no pudo más que intentarle un enormísimo beso de tornillo que la prensa ha fotografiado desde los helicópteros para una posible gran noticia de carácter internacional, pero no ha servido de nada. La orquesta comienza a aplaudir emocionada desde la otra torre, y Ana se sienta en un banco a tararear una canción muy triste. Fali y yo contemplamos el cielo, que cada vez resuena más, y nos sentamos con Ana. Hasta que en mitad del silencio triste de la muerte de la joven hipersensible suena el móvil de Ana. Y suenan las sirenas de la policía. Y Ana decide no coger el teléfono. Y no lo coge porque es Abdón otra vez. Y sí cogen el ascensor los tres para bajar y tomar un té porque es muy de noche y porque hace frío y se debe cambiar la hora. Ana pide un té con leche, Fali té, y yo leche. Y vuelve a sonar el móvil de Ana. Abdón otra vez desde la prisión que está harto ya de Antonia de hablar con ella por teléfono, que ahora le van las argentinas maduritas como Verónica que por dónde anda que por dónde. Ana en mitad de su tristeza por la muerte de la joven hipersensible le procura describir de la manera más sencilla al pobre Abdón el triángulo amoroso entre Verónica, Lydia, y la joven Olivia cuando se escuchan los gritos de un Abdón ardiendo en gasolinas. Abdón no sólo estuvo preso por robar en la discoteca donde trabajaba. Poco después se le acusó de la muerte de la hermana mayor de la joven Olivia, que pelaba salmón en un almacén de pescado a troche y moche todas las noches. Verónica envejeció en Barcelona con un saxofón en la boca intentando la música. De Lydia no se sabe nada. Y Ana comienza a llorar. Fali y yo la consolamos como podemos cuando voy al servicio y me encuentro a Ana desnuda tocándome una canción de Susan Vega. Y claro en mitad del bullicio de la tetería aquella mitad española mitad inglesa de entre las torres gemelas de Nueva York de entre el morbo que nos hacemos el amor de hasta romper la guitarra. Ana es insaciable. Y cada vez suenan más las sirenas de la policía. Y de entre las tormentas de los cielos comienza a sonar la quinta. Y los sinfónicos miran hacia arriba en busca de la luz. Y se aparece Beethoven y les escupe. Y desaparece. Y los sinfónicos envueltos en la enorme baba de Beethoven son arrastrados nuevamente a las playas de Maro. Y vuelven a comer sardinas y a cantar viejas canciones de Mozart. Y a jugar a los besitos de agua con los cubitos de hielo y a rebozarse en la arena de la orilla que mojada de vodka mojada de amanecer y resaca. Encienden los ordenadores y viajan por el mar en busca de las respuestas al mantenimiento de sus vidas. Yo ya tenía el asco suficiente como para volver a escribir. Ahora con Fali. Ana es insaciable. Después del amor, Ana, Fali, y yo cenábamos felices en las torres gemelas mientras catorce helicópteros nos revoloteaban echando fotos y grabando vídeos cuando llega un mensaje al móvil de Fali, un mensaje de la orquesta que por internet nos felicitan el año nuevo y nos mandan besos y abrazos. Ya harto me retiré de la mesa y me tiré en paracaídas, cayendo en un viejo quiosco de perritos calientes donde pedí un taxi por teléfono. Me alojé en el primer hostal que alcanzó mi vista, un hostal lleno de moscas, pero no muy caro. Nada más llegar, lo primero que hice fue vomitar en la bañera el cordero que me habían servido los pingüinos con perilla que paseaban acelerados con sonrisa y bandeja por los áticos de las torres gemelas aquella noche. La habitación era más pequeña incluso que el escenario del centro del centro donde Ana debutó con su hermano, yo diría que medio metro. La cama, de matrimonio. Y ahí fue cuando arranqué. Arranqué todas las páginas anteriores y volví a empezar la historia de mi vida. Hasta que me interrumpe el recepcionista, que me llaman por teléfono, que urgentemente. El bandoneonista del hotel de enfrente, que si puedo prestarle los servicios de pianista, que el pianista se ha vuelto loco y se ha pegado un tiro, que por favor, que si no no cobran. Yo obviamente acepto por el puro placer de sustituir a un pianista suicida. El cocinero me ofrece amablemente un suculento asado argentino, a lo que yo le respondo con un suculento vómito en mitad del choclo en mitad de la cola del piano. El bandoneonista olvida la letra e improvisa una floritura romántica a la que la masa en frac aplaude al unísono ferozmente de emoción llevándose el tenedor a la boca. Suenan las gambas. Suenan las copas. Cuatro limpiadoras celestes rodean el arpa que en el aire suspendida en horizontal del piano ya deshuesado. Frotan endiabladamente por órdenes estrictas del interventor del gerente del director del hotel con la fregona en mitad de un nerviosismo indescriptible con la fregona en mitad de la entrepierna. La música suena. Suena la noche y suena el espectáculo. Suenan las fregonas y el arpa desafinada. Se rompe una cuerda. La gente se rompe en aplausos cada vez más desordenadamente. Un borracho de detrás de la sala grita en argentino, el padre de Verónica, cómo no. Los camareros no paran de servir cada vez más comida, cada vez más rápido. La gente engorda cada vez más, suenan móviles, las sirenas de la policía, las alarmas. Suena el piano. Todo se hace silencio. El pie derecho en el pedal derecho, un acorde suspendido en la lluvia que cayendo intensamente intensamente conmoviendo todo. Al padre de Verónica se le escapa una lágrima recordando las palizas que le ofrece todas las noches a su amante, que rauda, friega, junto a otra lágrima, una de las limpiadoras, que también llora alguna que otra bofetada. La gente en general se pone cada vez más triste, y llegan los cafés. Yo quedé dormido por la parte grave del teclado pero nadie del hotel me despertó. Unos labios comenzaron a acariciar los míos, abrí los ojos, y ahí estaba Ana. El mar estaba quieto, la orquesta dormida, las nubes nerviosas y frías, y Ana comienza a desnudarse y a desnudarme a mí. Y nos bañamos desnudos. Y reímos. Y nos fumamos unos porros. Ana me pregunta que cuándo se hará de día. Yo la beso descontroladamente y Fali me pega un cogotazo. Fali tiene un aspecto bastante divertido recién levantado y Ana se echa a reír. A Fali no le hace mucha gracia el sarcasmo de Ana y refunfuña que el desayuno ya está servido, que no importa que no haya llegado el día, que cuando llegue, llegó. El viento despierta harto de dormir y avisa que quizá se hayan despedido antes de tiempo. Todos ya habían cambiado la hora a los relojes, el sol estaba ya esperando que le dieran la señal, pero a pesar de todo, el día no llegaba. Fali y yo nos reíamos del asunto y nos zampábamos los huevos fritos de todos los que aún no se habían despertado. Ana nos acompaña en el extraño desayuno y nos insinúa que aquello le sonaba de algo. Después del desayuno, hartos de esperar, la orquesta decide ensayar en la orilla a la luz de las velas que robamos Fali y yo del chiringuito para una posible segunda fiesta. Comienza a sonar la orquesta, y Ana, más hermosa que nunca, acariciando la luna con su flauta. Fali y yo, con la yema reseca de los huevos fritos intentando resbalar por nuestras barbillas, orgullosos de Ana. Y comienza una niebla que tapa por completo a la orquesta. Fali y yo en las rocas, comiendo huevos fritos y vomitando sin parar, disfrutando de la música invisible, de la música que sale de no se sabe dónde, del sonido de la niebla, del sonido de las olas, cuando el silencio con el que Fali y yo disfrutábamos de aquel desayuno en medio de la última noche filarmónica se deshizo. Sonaba la tormenta, sonaban los grillos. Sonaba una sirena de policía a la que Fali acierta con su pistola. Y vuelve el silencio. Suenan las cuerdas con sordina. Barber. Suenan las olas. Suena la noche. Después del aplauso Ana se reúne con varios miles de pianistas para almorzar y organizar una boda pianística. Fali y yo tomamos café mirando al cielo, ninguno de los dos estábamos invitados al enlace. Los regalos, los vestidos, la fiesta, el coche nuevo. Fali y yo fumamos, a veces no comprendemos ciertos comportamientos de Ana. Hartos de esperar una simple mirada de Ana, llega el repartidor de periódicos. Y en primera página que o se está alargando la noche o se está achicando el día, pero que algo pasa, algo muy serio señores, la quinta o sexta boda en lo que va de noche. Mientras Fali y yo leíamos interesados el periódico, nacieron hijos, bautizos, y comuniones. Ana movía interesante el café, y Fali y yo comenzamos a necesitar un buzón de correos para nuestras hojas, teníamos un montón de hojas aún sin esconder, aún no habíamos encontrado el bosque adecuado. Ana nos sonríe. Siguen naciendo niños, la gente envejece, y Fali y yo seguimos escribiendo, aún sin saber muy bien para qué, para quién, adónde queríamos llegar. Pero seguíamos, estábamos aún fuertes para seguir pronunciándonos sobre tanto exceso de amor de papel, aún estábamos jóvenes a pesar de todas las arrugas, de todas las heridas que a lo largo de los años nos crecieron en el alma. Fali iba ya por el quinto bosque cuando yo todavía seguía buscando musas para inspirar mis noches. Yo necesitaba pluralizar aquella inmensa despedida, inventar la vida, desordenar, jugar… a mí la música siempre me nació de las musas. Ana quería volver a casarse, sentía la necesidad de formar una familia, pero la lluvia le impide la celebración, y le impide la boda. Ana no sabía bien con quién casarse, pero quería casarse. Fali acababa de plantar su sexto bosque, un bosque con árboles llenos de fotografías, fotografías de té, Marrakech, y posturas de una joven prostituta de lujo, cuando Ana se volvió a recolgar de la luna. Esta vez se despidió con un beso desde lejos bastante triste, pero ni a Fali ni a mí nos salió una sola lágrima. Reímos, y nos tiramos al agua. Ana lloraba desde la luna con su guitarra, sonaban sus lágrimas chocar sobre el mar, y con el tiempo comenzamos a dudar. Fali y yo comprendimos que Ana no podía llorar tanto, que quizá aquello era lluvia, que Ana estaba feliz cantando con su guitarra. O a lo mejor la lluvia nos confundía las lágrimas de Ana, las lágrimas que con el tiempo ni Fali ni yo echamos de menos. O eran nuestras lágrimas, las que no salían de nuestra cada vez más confusa mirada. Ana bajó excesivamente triste a recogernos con las llaves de su habitación, pero la luna ya no sonaba. Ya no me suena la luna, ya no me suena el corazón, lloraba. Ya no me suenan los dedos, ya no me suena nada, enloquecía. Ana se volvía sorda a medida que crecía aquella noche. Ana se volvía insensible a medida que se alargaba aquella despedida. Ana lloraba, Fali y yo llorábamos. Lloraba la luna, lloraban las nubes. La orquesta ensaya una canción muy fría. Ana envejecía y envejecía su alma. Envejecía de tanta vida, de tanta música, tanto amor. Tanta desgana, tanto todo. Moría poco a poco de tanto exceso, de vivir tan deprisa, de reducir su vida a una sola noche, de reducir su noche a una sola vida, la vida y muerte de Ana, de Ana enloquecida con una soga al cuello amarrada a la misma luna, que chorreando de sangre llora en rojo y mancha el mar con las heridas del alma de Ana. Y mancha de rojo la música de una orquesta con ojeras. Y grita Ana. Y la luna la empuja al mar. Suenan las olas oscuras, y tragan a todas estas anas. Y Fali Y yo vamos tras ellas, tras el desastre humano que llora desconsolado acariciando sus instrumentos desafinados cada vez más. Pero el aeropuerto del centro del centro ya no existía, las torres gemelas fueron derrumbadas por dos aviones suicidas, el hermano de Ana murió de emoción tocando el bajo eléctrico… Nada es ya como antes Ana. La luna es el sol y el sol es la luna. Ana ingresó en un psiquiátrico. El sol siguió sin salir. La orquesta continuaba su despedida, su ensayo, sus juegos de agua, de boca en boca, de beso en beso. Pero nadie se acordaba ya de Ana, nadie echaba de menos los juegos de flauta. Sólo Fali y yo dedicamos veinte bosques a Ana. En su ausencia, diez cada uno, en los que habían árboles de muy distinta clase, casi todos con música, marihuana, mujeres… y muchas salas de cine. Fali iba ya por su bosque ciento cuatro. El bosque ciento cuatro de Fali era ya un bosque de agua, con árboles y animales de agua. Yo era por aquella época el encargado de poner sonido a los bosques de Fali. Generalmente me perdía, en cuyos lagos me ahogaba, para poder hacer sonar todo aquello que Fali escondía en el buzón de correos. Ana nos mandaba un torpe dibujo de Dinamarca a modo de postal felicitándonos la navidad, pero siempre estábamos en agosto. La orquesta cada vez se hizo más insoportable, nadie quería ya ensayar nada. La orilla, el cielo, el sonido de las olas del mar… eran elementos ya poco poéticos para aquella orquesta, aquellos músicos atrapados en el sonido, en el tiempo, la moneda de cambio. Los músicos de la orquesta comenzaron a comerse unos a otros, las tablas que sostenían el chiringuito fueron destruidas por los fuertes vientos que azotaban por aquellos años. Ya no suenan las olas, me decía Fali. Ya no suena la luna, le decía yo.

© Miguel Pérez Díaz

Cuatro mil soldados (2000)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Mario resucitó de entre las hojas. Ya no le preocupaba la forma que pudiera tomar el cielo. Todos estaban inundados de hojas y a Mario dejó de importarle. Dejó de importarle porque su existencia ya estaba asegurada y no le preocupaba nada más desde que comenzaron a caer las hojas al agua. Allí en mitad del océano sabía Mario que ningún avión se estrellaría, o sí. Ningún barco pasaría a recogerlos ni a hundirse. Nadie saludaría amablemente al amanecer con el periódico en la mano colocando unas deportivas gafas de sol en la mirada que amablemente observaría a Mario. La fauna allí era inexistente. Algún grito en mitad del agua despertó a Mario que aún seguía flotando en mitad de todas aquellas hojas que hundieron a los que un día Mario dio demasiada importancia. Alguna alarma de coche. Algún grito. La existencia estaba asegurada al menos hora y media entre todos los que inundaban a Mario de repente. Una hermosa criatura que se sienta al lado de Mario parece querer comenzar una conversación. Cuatro mil soldados comienzan a desfilar. Una guerra. Allí todo era cemento sobre el que por las noches al borde del otoño se proyectaban cosas que Mario sabía que eran mentiras. Charcos de sangre. No había nada mejor que hacer que hablar con aquella hermosa criatura. Un avión había estrellado por fin. Mario comienza a interesarse por el cemento. De pelo ondulado y con algún que otro bucle en la cara de mirada absorbente Mario se enamora de la hermosa criatura poco a poco cada vez más. La conversación intenta tomar forma sin conseguirlo. Mario se despista y no consigue mantener el hilo que la rubia llevaba horas intentando con Mario que decide mirar por la ventana al cemento con la mirada húmeda por la hermosa criatura que comienza a aburrir y empiezan los recuerdos y empiezan las letras del final de la película. Mario llora. Mario vuelve a estar solo. La rubia se ha marchado húmeda igual que su mirada. Y los ejércitos también húmedos flotando en el océano. Y el cielo que se enrojecía cada vez más flotando sobre la lluvia húmeda intensa en aquel otoño que bordeó mi alma.

© Miguel Pérez Díaz

Azucena (1999)

Publicado en sangriafrancesa el Junio 1, 2008 por sangriafrancesa

Ya era la cena y había que cambiar la hora porque ya era invierno y empezaba el frío. Hacía un frío tan grande que la madre de Azucena cerró las ventanas con tanta rabia como nunca antes. El frío había entrado tan de golpe que temía que Azucena se hubiera resfriado. Quizá pudo haberse atragantado con la tortilla pero aquella tos no eran las toses normales de atraganto y la madre de Azucena sabe diferenciar bien lo uno de lo otro y comienza a preocuparse y a sudar frío y corre a cerrar la ventana vaya a resfriársele su niña porque ya era invierno y claro. Bajando las persianas recordaba cuando su padre goloso desayunando una morcilla que le había traído del pueblo su nuera se atragantó de avaricia temprano mientras todos dormían en la casa y él se ahogaba solo con el pellejo en la garganta de la morcilla de su nuera en mitad del desayuno. La cuñada de la madre de Azucena era gorda tan gorda que su única conversación con el padre de la madre de Azucena rondaba siempre el matadero del pueblo y claro el padre de la madre de Azucena se ponía tan feliz como cuando murió mientras la madre de Azucena soñaba con su retoño entre las piernas y el ombligo a punto de inflarle la felicidad. Fue tal el golpe que hizo llorar a Azucena del susto mientras su madre la cogía para llevarla a la cama y el llanto crecía. El llanto ya era enorme. Cuando se le cortaba la lágrima por culpa de las toses el llanto disminuía para luego hacerse más grande como un bandoneón respirando. La madre de Azucena comienza a preocuparse. Está sola y ya no sabe si ha sido la tortilla o el frío del invierno. O un aviso para cambiar la hora. No sabe de dónde sale tanta rabia pero el llanto crece desmesuradamente y se le crece la preocupación. A lo mejor un postre. La madre de Azucena deja a la niña en el sofá del salón al lado de la estufa con la tele encendida y corre a la cocina a por el cesto de la fruta porque la tos ahora crece a la par que el llanto y no se escucha ni al del telediario de avisar que hay que cambiar la hora porque hace frío. La madre de Azucena está histérica. En el cesto sólo hay mandarinas. Corre a casa de la vecina a por plátanos pero la vecina no está. En el frigorífico queda un poco de sandía del mediodía pero claro. A la madre de Azucena no le importa tener que limpiar de pepitas la tajada pero a pesar del sacrificio de su madre la niña se decanta por las mandarinas gordas de invernadero. Y la sonrisa enciende el rostro de Azucena y moja los ojos de su madre mientras pela la mandarina y gajo a gajo mirando el telediario al lado de la estufa felices madre e hija terminando la cena. En mitad del telediario la madre de Azucena recuerda cuando la noche antes de que su padre muriera entre los pellejos de la morcilla de su cuñada recogiendo mandarinas cuando todo era campo y la estufa era una chimenea de leña su padre la agarró por detrás en un descuido pelando mandarinas. El recuerdo le moja otra vez la cara mientras mira a Azucena que no para de tragar en el silencio. Bueno alguna tos pero ridícula. Y le vuelve el recuerdo a la madre y se excita mientras se echa un gajo a la boca y la niña sin entender que se lo arrebata porque es el único que queda. La madre de Azucena vuelve a la cocina con la sandía sin pepitas en el plato y la mete en el frigorífico cuando pegan a la puerta y los anuncios vuelven a la tele que hipnotiza a Azucena. Y es la vecina que es que ha estado en un cumpleaños y que ha escuchado el mensaje del contestador con un ramillete de plátanos entre las manos. La madre de Azucena ríe y la invita a pasar a fumar algunos cigarrillos y a mirar la tele bajito. Azucena es introducida en la cuna como dios manda y duerme con su cajita de música mientras su madre se dispone a divertirse. En el salón la vecina ya ha puesto música sugerente y apartando la mesa comienza a moverse. La madre de Azucena también pero algo retraída. La vecina se acerca mucho bastante y agarrándole la cintura comienza a bajar las manos por el cuerpo de la madre de Azucena que se sonríe picarona mientras le muerde un labio. Y la tos de Azucena es tan grande que supera la música y su madre corre a ver qué. Y sólo la cajita de música ya muy lenta y su niña entre las mantas. Vuelve al salón y su vecina desnuda llamándola a la música. Azucena sigue tosiendo pero leve. En la garganta de Azucena un hueso de mandarina se desliza confuso. La última mandarina del cesto era del campo de la vecina y en la confusión un hueso que se desliza. En el cuerpo de Azucena algo crece. Ahora la tos son los gemidos de su madre con la vecina en el salón mientras algo está creciéndole dentro a Azucena dormida que sueña con su retoño sin saberlo. Y sueña con su padre abuelo sin saberlo. Y sin saberlo se despierta pidiendo el desayuno llorando y ya no hay tos. Y corre su madre y deja de cambiar la hora a los relojes para acariciarle el amanecer a su niña. Su niña que hoy ha despertado con un inmenso pelo largo y unos hermosos ojos verdes.

© Miguel Pérez Díaz